Viapraetoria

GRANDES GENERALES DEL EJÉRCITO ROMANO. CAMPAÑAS, ESTRATEGIAS Y TÁCTICAS


A. Goldsworthy

Ed. Ariel, Barcelona, 2005 (or. en inglés, 2003) 462 pp.

Cuando, curioseando por una conocida librería de Madrid, me encontré con el nuevo lanzamiento en castellano de una obra de Goldsworthy, me sentí, debo confesarlo, muy esperanzado ante la idea de lo que podrían contener aquellas páginas. La editorial Ariel apostaba, una vez más (ya lo hizo, y con muchísimo éxito por cierto, con la obra de Le Bohec), por la traducción al castellano de una obra sobre historia militar de la Antigüedad. Aunque seguramente se trate de una moda pasajera, influenciada sin duda por los recientes éxitos del género cinematográfico “histórico”, siempre es bien recibida una obra que aborde la temática militar de la Antigüedad. Es, no obstante, lamentable el escaso apoyo que reciben los valores de nuestro solar patrio, cuyos estudios, dicho sea de paso, nada tienen que envidiar a los de historiadores británicos, franceses o alemanes. Pero claro, autores como Goldsworthy gozan de una legión de seguidores dispuestos a gastarse –a gastarnos- hasta el último céntimo en sus obras. Por otra parte, a estas alturas nadie podría negar que el autor británico es, ante todo, un excelente historiador militar, y además, un gran comunicador. Los que conocemos la tesis doctoral de Goldsworthy, publicada en su país en el año 1996 con el título Roman Army at War. 100 BC-AD 200, así como sus excelentes obras sobre las Guerras Púnicas (también traducida al castellano por Ariel) y Cannae respectivamente –obra por la que siento especial devoción-, teníamos grandes esperanzas puestas en la producción científica de este historiador… pero ocurrió lo que tenía que ocurrir; Goldsworthy tenía dos opciones: seguir innovando en el campo de la Historia Militar de Roma e intentar, al mismo tiempo, transmitir de manera divulgativa sus conocimientos, o decidirse por el camino más fácil y atractivo desde el punto de vista económico de la producción divulgativa. Nada se le puede reprochar en ese sentido a este, todavía muy joven, investigador; muchos han sido los que antes que él se han lanzado a producir obras de manera “industrial” tras haber alcanzado el reconocimiento académico con sus primeros trabajos. Pero claro, a algunos de nosotros esta decisión nos deja huérfanos de conocimiento, o al menos, de adquirirlo de forma más amena, porque insisto, enseñar y entretener al mismo tiempo es complicado… y Goldsworthy lo consigue. Ariel opta por una encuadernación de gran calidad. Tapa dura y un tamaño de letra que no hará sufrir en demasía a muchos de sus lectores, al menos a sus ojos, porque el bolsillo si se resiente tras pagar los 35 euros que viene costando la obra en casi todas las librerías (y no parece que la editorial se pueda amparar en esta ocasión en una limitada tirada). No podríamos decir, sin faltar a la verdad, que la obra carezca de calidad. Pero para los que seguimos a Golsdworthy resulta evidente que el historiador está viviendo de las rentas; se hace patente la repetición de textos, notas y bibliografías. Además, se le puede acusar de no profundizar en asuntos en los que un historiador debiera hacerlo, aunque nos queda bien claro, revisando el título de la obra, que su interés se centra en “campañas, estrategias y tácticas”, campo que domina a la perfección. Se escurren algunos fallos; algunos comprensibles y otros menos, como la atribución de la fundación de Carthago Nova a Amílcar (p. 57), cuando es bien sabido que fue responsabilidad de su yerno Asdrúbal. Otros errores son claramente debidos al traductor –y aquí entraríamos en la conveniencia o no de que las obras históricas las traduzcan filólogos-, porque es de juzgado de guardia que se les haya escapado el siguiente gazapo: “Era tal la fe que el pueblo sentía por Pompeyo que, según se dice, tan pronto como fue nombrado, el precio del maíz comenzó a bajar en el Foro” (p. 193). Falla también la obra es su falta de aportaciones al debate histórico, destacando, una vez más, que el público al que está dirigida no precisa de sesudos debates históricos, sino de un texto que entretenga y ofrezca unas nociones mínimas de historia, pero sin grandes pretensiones. Esto no excusa, sin embargo, ni que el autor incluya detalles salidos de su imaginación para dar mayor dinamismo a la narración, ni que ignore por completo la existencia de una amplia y más que digna bibliografía sobre algunos de los temas que trata…bibliografía que, por cierto, no está escrita en inglés. Porque, nos disculpará Goldsworthy, pero no se puede hablar de Carthago Nova o de Numantia sin tan siquiera mencionar los últimos estudios elaborados al respecto por investigadores españoles (aunque en el caso de Numancia, también los británicos y alemanes tendrían algo que reprochar). Y es que la única referencia en castellano que encontramos en la obra es un artículo sobre la toma de Valentia por Pompeyo. Referencia, que, curiosamente, ya encontramos tanto en su obra sobre las Guerras Púnicas, como en su obra sobre la batalla de Cannae. Esta misma carencia se la echa en cara Sabino Perea Yébenes en una recensión publicada en el último número de la revista Complutum sobre la obra de Goldsworthy El Ejército Romano. El texto de Perea Yébenes, bastante crítico, refleja el sentir de muchos de los que en ocasiones nos sentimos indefensos ante la publicación de obras que no hacen más que repetir lo que ya se ha dicho en infinidad de ocasiones. El lector encontrará un desarrollo desigual a lo largo de los diferentes capítulos en que se divide la obra. Destacan algunos, como el de Paulo Emilio, donde Goldsworthy ofrece una pequeña muestra de su capacidad divulgativa explicando el funcionamiento de la falange. Destacamos quizá el capítulo titulado “Cesar contra Pompeyo”, aunque repita en dos ocasiones la misma anécdota sobre la Legio IX (pp. 254 y 273). Las introducciones se hacen, en ocasiones, algo largas. En el episodio sobre Escipión Emiliano, por ejemplo, Goldsworthy se remonta hasta la campaña de Catón, nada menos que en el año 195 a. C. Parece seguir en ocasiones de forma demasiado rígida las narraciones de los clásicos. Así, su relato durante el episodio de César da la impresión de limitarse al texto del propio César, mientras que en el capítulo sobre Tito y el asedio de Jerusalén, es Josefo el que dirige la narración. Y no sólo es que tengamos la impresión de que Goldsworthy es poco crítico al tratar estos textos, es que no se entiende que, al hablar de Alesia, ni siquiera mencione los trabajos de Reddé en aquel yacimiento y sus publicaciones al respecto. Pero es el propio Goldsworthy el que debe decidir por dónde seguirá su carrera. El autor se ha ganado un puesto de honor entre los historiadores militares de la Antigüedad, y tiene todo el derecho del mundo a aprovechar los réditos obtenidos con sus trabajos iniciales.

3 comentarios »

  1. aver si lo pone mas resumiido no? !!

    Comentario por qEtimporta — abril 4, 2011 @ 9:44 pm

  2. ¿¿??

    Comentario por viapraetoria — abril 5, 2011 @ 7:15 pm


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