Viapraetoria

LA BATALLA DEL RÍO TREBIA


(Publicado anteriomente en Celtiberia.net bajo el pseudónimo Hannón)

(Cruce del Ródano por Aníbal: Fuente:http://www.fredohebshalom.org/The_Appennines.htm)

«En el terreno intermedio corría un arroyo cerrado por taludes muy altos, ambos de hierbajos de pantano y de los matojos y zarzas que suelen cubrir los terrenos no cultivados. Cuando se dio una vuelta y comprobó con sus propios ojos que dicho lugar tenía escondrijos suficientes para ocultar incluso a los hombres a caballo dijo a su hermano: “Ésta es la posición que vamos a ocupar”».

(Liv. XXI, 54, 1)

El río Trebia nace en los Apeninos, en las cercanías de Génova, desembocando en el Po a la altura de Piacenza. Precisamente en las cercanías de esta ciudad habían emplazado los romanos su campamento tras la derrota sufrida en el río Tesino1. Según Polibio, Aníbal llegó a las proximidades del campamento romano cinco días después que aquéllos2, estableciendo el atrincheramiento de sus tropas a una distancia próxima a los cincuenta estadios3. Con ello, ambos campamentos quedaban en la orilla occidental del río, es decir, la opuesta a Piacenza.

Fue entonces cuando los romanos sufrieron dos nuevos y graves contratiempos: la deserción de más de 2.000 galos, que asesinaron a algunos romanos en su huída; y la toma de Clastidium (actual Casteggio), donde los romanos guardaban gran cantidad de trigo. Tras estos sucesos, Escipión, el cónsul al mando de las tropas romanas, levantó el campamento, cruzó el Trebia y mandó asentar un nuevo atrincheramiento en unas colinas que dominaban la orilla oriental del río4, ocupando con ello una mejor posición desde el punto de vista estratégico, puesto que el lugar ofrecía un complicado acceso a la caballería enemiga5. Los estudios efectuados en la zona han situado la ubicación del campamento romano a poco más de un kilómetro del río, cerca de la localidad de Rivergaro, en la ruta que une Piacenza y Génova6.

Aníbal, al saber que los romanos estaban cruzando la orilla y fortificando su nueva posición, envió a la caballería númida con la intención de detener o al menos estorbar los trabajos del enemigo. Pero sus órdenes no se cumplieron al pie de la letra; los númidas se entretuvieron saqueando el campamento que los romanos acababan de abandonar y, como consecuencia, la mayor parte del ejército romano pudo atravesar el río sin serias dificultades. De lo contrario, la retaguardia, incluyendo a los animales que transportaban el bagaje, hubiera caído en manos enemigas. Los númidas solamente pudieron apresar a un puñado de hombres y causar la muerte a otros tantos7.

Una vez puesto a salvo su ejército, Escipión decidió esperar hasta la llegada de su colega consular, Sempronio Longo, llegada que se produjo a mediados de diciembre del año 218 a. C.8. Al poco de la llegada de Longo, se produjo una escaramuza entre las caballerías de ambos ejércitos, saliendo mejor parada la romana, seguramente por la negativa de Aníbal a trabar combate sin establecer estrategia alguna9. Este resultado produjo la euforia de Longo, cuya pretensión de alcanzar la gloria durante el ejercicio del consulado se hacía cada vez más patente10. Por el contrario, tanto Aníbal como Escipión, que se recuperaba de las heridas sufridas en el Tesino, sabían que el tiempo jugaba en contra de los púnicos, quienes se exponían a quedar aislados en territorio enemigo. Es por tanto razonable, que Aníbal quisiera precipitar el enfrentamiento, mientras Escipión aconsejaba a su colega consular esperar a la llegada de nuevos refuerzos. Desgraciadamente para los romanos, será el Barca quien consiga su objetivo.

La batalla tuvo lugar a mediados del invierno del 218 a. C., el día posterior a la escaramuza arriba mencionada. En palabras de Polibio «La estación era ya solsticio de invierno, y el día era muy nevoso y extremadamente frío»11. Baste como orientación decir que la temperatura media de la zona en la actualidad ronda, durante el mes de enero, los 0º C12.

Aníbal había descubierto un lugar ideal para organizar una emboscada; corría «un riachuelo en cuyas orillas había zarzas y espinos que las recubrían totalmente»13. Era el lugar ideal; un lugar llano con vegetación de marisma, sin árboles –los romanos desconfiaban profundamente de los bosques, pues en ellos tendían los galos sus embocadas14-, con espacio suficiente para ocultar algunos hombres e incluso sus monturas «con tal de que se tenga la mínima precaución de colocar las armas debajo, pegadas al suelo, y esconder los cascaos debajo del escudo»15.

Al anochecer, Aníbal envió a su hermano Magón, al frente de un destacamento de 1.000 jinetes y otros tantos infantes, al lugar elegido para la emboscada. Al alba, el comandante cartaginés ordenó a la caballería númida cruzar el Trebia y provocar a los romanos. La estratagema tuvo más éxito del deseado; Sempronio ordenó a la caballería salir en persecución de los númidas. Tras la caballería, envió los velites, unos 6.000 infantes ligeros, y, mientras éstos iban progresando, mandó formar a la infantería pesada y a los aliados. Fue así como los romanos partieron hacia el desastre, en una fría mañana del año 218 a. C., con temperaturas posiblemente inferiores a los 0º C. Las precipitaciones en forma de agua y nieve caídas durante la noche habían elevado considerablemente el nivel del agua del río16. Así, cuando comenzaron a cruzar el río, las frías aguas empezaron a entumecer sus extremidades, cubriéndoles hasta las axilas y oponiendo resistencia a su avance.

Mientras los romanos -a quienes lo inesperado del ataque había impedido tomar alimento alguno- sufrían estas penalidades, los púnicos se calentaban en los hogares y tomaban alimento, a la par que se untaban la piel con grasa para combatir el frío17: tan sólo tenían que recorrer los escasos 1.500 metros que les separaban del campo de batalla elegido por Aníbal18.

Lo que en un principio podría ser considerado un combate equilibrado, con ambos ejércitos rondando los 40.000 hombres, se convirtió en una lucha desigual, con los soldados romanos agotados y hambrientos. Aníbal envió a la infantería ligera con lanzas y a los baleares, sumando entre ambos grupos unos 8.000 hombres. Por detrás, formó a su infantería pesada: unos 20.000 hombres entre iberos, galos y africanos, y desplegó su caballería en ambos flancos, dividiendo en dos el total de 10.000 jinetes con que contaba. Dividió también el total de elefantes, situando la mitad al frente de cada flanco.

Ante la táctica empleada por los jinetes númidas, el cónsul romano hizo regresar a su caballería, alineando su infantería según lo acostumbrado. Es difícil calcular el número de infantes romanos; Polibio habla de 16.00019, y Livio calcula unos 18.00020. A éstos hombres habría que sumar los cerca de 20.000 aliados –entre latinos y los pocos galos que permanecían fieles a los romanos- y unos 4.000 jinetes –entre romanos y aliados21. Es cierto que Sempronio contaba con cuatro legiones, pero habría que descontar de estos efectivos tanto las unidades que se habían perdido en el Tesino y en las diferentes escaramuzas, como los hombres que se habían quedado guardando el campamento22.

Sempronio desplegó su infantería pesada en el centro, con la caballería cubriendo los flancos. La infantería ligera, como siempre al frente de la formación, fue la primera en trabar combate. Pero los romanos, que estaban agotados, habían lanzado casi todas las jabalinas en la escaramuza con los númidas, y las que les restaban «estaban inutilizadas por la persistencia de la humedad»23. Así, aunque la infantería romana era muy superior a la cartaginesa, sus flacos, protegidos por la caballería, empezaron a ceder bajo el peso de los jinetes enemigos, superiores tanto en número como en preparación. Los elefantes contribuían a empeorar la situación; estos animales causaban verdadero terror a los caballos (por el olor que despedían, en opinión de Livio24. Como consecuencia de todo ello, las alas romanas quedaron al descubierto, momento que aprovecharon los lanceros púnicos y los infantes númidas para atacar. Justo entonces, los jinetes númidas, que permanecían emboscados, se levantaron y atacaron a los romanos por la espalda, creando una confusión absoluta. Los hombres de Sempronio estaban perdidos: los honderos baleares lanzaban proyectiles constantemente; la caballería romana estaba en aplastante inferioridad numérica, y los elefantes efectuaban violentos ataques. Ante la desesperada situación, la caballería romana se retiró en dirección al río25.

No paraba de llover; el agua y la sangre se mezclaban y embarraban el terreno. Los infantes romanos, abandonados a su suerte por sus compañeros de la caballería, no tenían una perspectiva clara de lo que estaba ocurriendo: el griterío era ensordecedor y los hombres, rodeados por los combatientes, no podían ver lo que estaba pasando a su alrededor; muchos caían al suelo y morían aplastados por sus propios compañeros.

Pese a lo difícil de la situación, los hombres situados en primera línea lograron romper el frente cartaginés y, viendo que todo estaba perdido, decidieron escapar en formación en dirección opuesta al río. Este grupo, formado por unas 10.000 unidades, logró llegar a Placentia26. Los que permanecían en el campo de batalla fueron masacrados por la caballería y los elefantes púnicos, o murieron ahogados al intentar cruzar el río -los heridos tardarían horas en morir desangrados. Únicamente unos pocos lograron cruzar el Trebia y llegar al campamento para después, junto con la caballería y la guardia del campamento, marchar a Placentia27.

Los púnicos desistieron de atravesar el río, pues las condiciones climatológicas lo desaconsejaban. Habían ganado la batalla, pero la continua lluvia, el frio y una fuerte nevada que cayó durante los días posteriores acabaron con muchos hombres y caballos, así como con todos los elefantes a excepción de uno28.

NOTAS

1Pol. III, 66, 9.

2Polibio dice que Aníbal tardó dos días en cruzar el Po (III, 66, 5), y poco después asegura que al tercer día de cruzar el Po, situó sus tropas a la vista de los romanos (III, 66, 10).

3Pol. III, 66, 11. Unos 8.900 metros. Livio (XXI, 47, 8 ) establece una distancia de 6 millas, es decir, unos 8.900 metros (1 milla=1.478 metros). Sin embargo, el autor latino habla de la distancia respecto a Placentia, lo cual es interpretado como un error por los historiadores (Walbank, 1957, p. 401). Sobre el estadio griego, véase Ch. Daremberg & Edm. Saglio, 1887, 1455-1457.

4Pol. III, 67, 9; Liv. XXI, 48, 4.

5Liv. XXI, 48, 4.

6Caven, 1980, p. 112; Lancel, 1997, p. 113. Ambos autores se apoyan en los estudios realizados por De Sanctis, 1953.

7Pol. III, 68, 2-4; Liv. XXI, 48, 5-6.

8Lancel, 1997, pp. 113-114. Finales de noviembre, en opinión de Cabrero, 2000, p. 46 y Caven, 1980, p. 110. Aunque Caven fecha la batalla en la última semana de diciembre y, a juzgar por el relato de Polibio, no parece que transcurra tanto tiempo entre la llegada de Longo y la batalla.

9Pol. III, 69, 8-14 (también participaron algunos infantes en la refriega); Liv. XXI, 52, 9-11.

10Pol. III, 70, 7; Liv. XXI, 53, 6.

11Pol. III, 72, 3. Por tanto, hacia el 20 de diciembre del 218 a. C.

12Cornell, Mathews, 1992, p. 12.

13Pol. III, 71, ,1. En opinión de Lancel (1997, p. 115) podría tratarse del río Colomba o quizás el Gerosa.

14Pol. III, 71, 2.

15Pol. III, 71, 4.

16Pol. III, 72, 4; Liv. XXI, 54, 9.

17Pol. III, 76, 3.

18Pol. III, 72, 8, dice que Aníbal avanzó ocho estadios (unos 1.420 metros) antes de formar su ejército.

19Pol. III, 72, 11.

20Liv. XXI, 55, 4.

21Tanto Livio (XXI, 55, 4; 6), como Polibio (III, 72, 11-13) coinciden en estas cifras.

22Sempronio contaba con dos ejércitos consulares (el suyo y el de su colega Escipión) formados por dos legiones cada uno. Cada legión, en esa época, estaba formada por unos 4.200 infantes, entre velites, hastati, principes y triarii, y 300 jinetes. Sumarían, en definitiva, un total de 16.800 infantes y 1.200 jinetes, cifra a la que habría que restar las unidades perdidas hasta el momento. Sobre ello, Pol. VI, 21, 7; Caven, 1980, p. 111; Roldán, 1996, p. 27.

23Pol. III, 73, 3. Debemos tener en cuenta que la madera, material del que estaban hechos los pila, se pudría con facilidad, y el hierro se oxidaba rápidamente.

24Liv. XXI, 55, 7.

25Era más sencillo atravesar el río a caballo, disminuyendo con ello considerablemente el riesgo de ser arrastrado por la corriente.

26Pol. III, 74, 6; Liv. XXI, 56, 2-3.

27Ha quedado claro que el campamento romano estaba en la orilla derecha del Trebia -la misma orilla en la que está Piacenza-, y la batalla se desarrolló en la margen izquierda, donde además estaba ubicado el campamento de Aníbal. Por tanto, la guarnición del campamento romano no tenía que cruzar el Trebia para llegar a Piacenza, aunque sí habrían de hacerlo los cerca de 10.000 soldados que escaparon del combate en formación (vid. Caven, 1980, p. 113). Ésta es además la versión de Polibio (III, 74, 5-11). No tiene por tanto sentido seguir el relato de Livio (XXI, 56, 9), según el cual, la noche posterior al combate la guarnición romana atravesó en balsas el Trebia para después dirigirse a Piacenza. Véase también Ludovico, 1991, p. 15.

28Pol. III, 75, 11. Como advierte Lancel (1997, p. 117) debemos desconfiar de Livio, quien afirma que sobrevivió una pequeña manada, de los cuales murieron siete posteriormente (Liv. XXI, 58, 11).

BIBLIOGRAFÍA

– Cabrero Piquero, Javier.: Escipión el Africano. La forja de un Imperio Universal.; Madrid, Ed. Alderabán, 2000.

– Caven, Brian.: The Punic Wars.; London, Butter & Tanner Ltd, 1980.

– Cornell, Tim.; Matthews, John.: Roma. Legado de un Imperio; Volumen I.; Madrid, Ed. Folio S.A/ Ed. del Prado, 1992.

– Daremberg & Edm. Saglio, «Stadium III Métrologie», en Dictinnaire des Antiquités grecques et romaines, vol. IV/2, París 1887, 1455-1457.

– De Beer, Sir Gavin.: Aníbal. La lucha por el poder en el Mediterráneo.; Gütersloh/ Alemania, Ed. Bruguera, 1969.

– Lancel, Serge.: Aníbal.; Barcelona. Ed. Crítica, 1997.

– Ludovico, Domenico.: La battaglia di Canne.; Roma, Ali Editrice, 1991 (2ª Edición).

– Roldán Hervás, José Manuel.: El ejército de la República Romana.; Madrid, Ed. Arco Libros, 1996.

– Walbank, F. W.: A Historical Commentary on Polybius; Volumen I.; Oxford, Oxford University Press, 1957.

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