Viapraetoria

¿Por qué Aníbal no tomó Roma?


(Originalmente en Celtiberia.net. Se han producido algunas modificaciones)

Todos nos preguntamos por qué, tras la aplastante victoria en la llanura de Cannae, Aníbal no se decidió a marchar sobre Roma. Muchos historiadores se han hecho esta misma pregunta desde siglos atrás, intentando comprender la actitud del general púnico. Fruto de ello, se han ido elaborando diferentes hipótesis, ninguna de las cuales parece proporcionar una explicación plenamente satisfactoria. Se ha pretendido, por ejemplo, atribuir el rechazo de Aníbal a marchar sobre Roma a la mala preparación del ejército púnico para las operaciones de asedio, carencia ésta de la que sólo se podría hacer responsable al propio comandante. Sin embargo, todos aquellos que han sugerido tal explicación son conscientes de las enormes dificultades que entrañaba emprender un asedio contra una plaza fortificada durante el s. III a. C. Existen por supuesto ejemplos exitosos de ello, pero no son precisamente abundantes, y en multitud de ocasiones son consecuencia más de traiciones internas que de la propia pericia de los asaltantes. Si se disponía de mucho tiempo -y no era éste el caso-, las posibilidades de triunfar durante una operación de estas características aumentaban considerablemente, pero la situación podía alargarse durante meses, como de sobra sabía el propio Aníbal, que apenas dos años antes había perdido 8 meses en el costosísimo asedio de Sagunto. Era por tanto lógico que el bárcida distara mucho de desear comprometer a su ejército en un esfuerzo de tal envergadura. En efecto, a juzgar por las acciones cartaginesas, primero tras la victoria en Trasimeno y más tarde tras la de Cannae, no parece que Aníbal hubiera incluido en sus planteamientos bélicos tomar la capital latina. Muy al contrario, todo apunta a que su objetivo era empujar a los romanos a la rendición a través de dos vías: dolorosas derrotas inflingidas en el suelo itálico y la defección de sus aliados. Únicamente en el año 212 a. C., ante la imposibilidad de librar a Capua del cerco al que la habían sometido los romanos, se decidió el púnico a marchar sobre Roma en un intento por obligar a las tropas romanas. Pero en el verano del 216 a. C., tras la victoria de Cannae, la opción no se antojaba demasiado atractiva. Tan sólo un pequeño destacamento de caballería podría haber cubierto la distancia que separaba ambos puntos (400 kms.) en un plazo de tiempo razonable. Su ejército estaba completamente agotado; los continuos desplazamientos y sobre todo la dureza del reciente choque -una interminable masacre bajo el asfixiante sol de agosto- no dejaban demasiadas opciones reales de emprender una fulminante marcha con Roma como destino. Durante horas, la adrenalina había corrido por las venas de los combatientes, pero, una vez a salvo, les invadía un cansancio absoluto, amén del dolor causado por las múltiples heridas. Es cierto que el número de bajas en el bando cartaginés era relativamente aceptable (unas 6.000), pero la cifra de heridos rondaba la escandalosa cifra de 20.000 hombres. Así las cosas, realmente ¿cuántos hombres hubieran podido acompañar a Aníbal en una hipotética marcha sobre Roma? Probablemente no más de 25.000.

Otro gran problema que podría surgir era el del abastecimiento. Los cartagineses no podían garantizar los suministros si se veían obligados a mantener un asedio frente a las murallas romanas, aunque, en opinión de Goldsworthy, este riesgo se podría haber asumido a corto plazo si la situación lo justificaba. Por otra parte, y quizás esto es lo más importante, hay que tener en cuenta que Roma no estaba indefensa en este momento. Es harto probable que parte de las tropas romanas disponibles fuera de la capital hubiera llegado en su auxilio mucho antes que Aníbal. Por no hablar de los indicios que apuntan a la existencia en la ciudad de dos legiones urbanas, seguramente las legiones reclutadas ese año entre los jóvenes y que habitualmente permanecían durante cierto período en la capital para adiestrarse y servir, al mismo tiempo, de guarnición. Seguramente nada tengan que ver estas tropas con las posteriores cohortes urbanas implantadas, al parecer, en tiempos de Augusto.

También había disponible un destacamento de 1.500 hombres estacionado en Ostia, al que se podría unir rápidamente la legión destinada a servir en la marina con la flota de Teanum. Es Livio quien nos informa de ello:

«Cuando les pareció que se había aplacado bastante a los dioses, Marco Claudio Marcelo envió desde Ostia a Roma, destinados a la defensa de la ciudad, mil quinientos soldados que tenía alistados para la armada; envió por delante a Teano Sidícino la legión naval -era ésta la legión tercera- con tribunos militares (…) decretaron éstos un llamamiento a filas y alistaron a los jóvenes de diecisiete años en adelante y a algunos que llevaban aún la pretexta; de ellos salieron cuatro legiones y un millar de jinetes. Envían asimismo a recabar tropas de los aliados y latinos de acuerdo con lo convenido. (…) compraron con dinero del Estado y armaron a ocho mil jóvenes vigorosos de entre los esclavos, preguntándoles previamente uno por uno si querían se soldados. Aun dándose la posibilidad de rescatar a los prisioneros con un coste menor, se encontró preferible esta clase de soldados»

(Liv. XXII, 57, 7-12)

Al margen de todas estas cifras, si seguimos el texto de Polibio, vemos que el autor de Megalópolis nos proporciona el censo del año 225 a. C.:

«Con los cónsules habían partido cuatro legiones de ciudadanos romanos: cada una comprendía cinco mil doscientos soldados de infantería y trescientos jinetes. Los aliados que iban con el cónsul eran treinta mil infantes y dos mil soldados de caballería. En aquella ocasión apoyaron a Roma los sabinos y los etruscos: eran cuatro mil jinetes y más de cuarenta mil hombres de infantería. Los romanos, pues, concentraron estos efectivos, y cuando llegaron a Etruria nombraron como comandante un pretor. Los umbros y los sarcinatos, habitantes de los Apeninos, juntaron unos veinte mil hombres, y, además, los vénetos y los cenomanos otros veinte mil. Los romanos apostaron éstos en los límites del país de los galos, para que irrumpieran en el de los boyos y distrajeran así a los invasores. De modo que las legiones que guarnecían el país eran éstas. Veinte mil soldados romanos de infantería, y con ellos mil quinientos jinetes , treinta mil soldados aliados y veinte mil jinetes permanecían en alerta en la misma Roma, como cuerpo de reserva, a la expectativa del desarrollo de la guerra. Las listas devueltas a Roma arrojaron ochenta mil hombres de infantería latinos y cinco mil jinetes. La infantería samnita: setenta mil soldados y con ellos siete mil jinetes. Yapigios y mesapios dieron, en conjunto, cincuenta mil soldados de infantería y dieciséis mil jinetes. Los infantes lucanios eran treinta mil, y tres mil los jinetes; marsos, marrucinos, frentanos y vestinos dieron veinte mil soldados de infantería y cuatro mil jinetes. Los romanos establecieron, además, en Sicilia y en Tarento, dos legiones de reserva. Cada una se componía de cuatro mil doscientos hombres de infantería y de doscientos jinetes. Se juntaron, en número, de romanos y campanos, doscientos cincuenta mil hombres de infantería y veintitrés mil de a caballo. El total [de las tropas aprestadas a la defensa de la ciudad de Roma superaba los ciento cincuenta mil hombres y seis mil jinetes, y, en cifras globales,] el número de los hombres aptos para empuñar las armas, entre romanos y aliados, superaba los setecientos mil; los jinetes eran unos setenta mil. Y Aníbal, que no disponía ni de veinte mil hombres, se atrevió a invadir Italia»

(Pol. II, 24, 3-17)

Siguiendo el texto de Polibio no parece en absoluto que Roma se encontrara tan desprotegida como se pretende, pues aparecen un total de 700.000 hombres aptos para el servivio militar entre romanos y aliados. Hay que recordar que el ejército enviado contra Aníbal en el año 216 a. C. no era el único levantado ese año por Roma; las legiones en servicio durante aquel verano oscilaban, según los diferentes autores, entre las 15 y las 17, lo que sumaría un total de 75.000-85.000 romanos, a los que habría que sumar un número similar de aliados. En principio la distribución sería la siguiente: 2 legiones en la Galia Cisalpina, 2 legiones en Sicilia, 2 legiones en Hispania, 1 legión en Cerdeña, 2 legiones en Roma y las 8 legiones malogradas en Apulia. Sabemos además que poco después, en el año 211 a. C., Roma tendría nada menos que 25 legiones activas (cerca de 150.000 hombres sin contar aliados). Es decir, en cinco años el Senado fue capaz de incrementar sus efectivos, descontando las seis legiones perdidas en Cannae y las dos perdidas ante los galos, en unas 14 legiones. Es por tanto lógico pensar que en el año 216 a. C. muchos de estos ciudadanos estaban ya en edad militar o al menos muy cerca de ella.

Regresando al momento inmediatamente posterior a la batalla, sabemos que sobrevivieron al desastre bastantes hombres. De hecho, tenemos noticias de que al poco tiempo Varrón envió un mensaje a Roma informando de que unos 10.000 infantes (dos legiones) habían escapado a la masacre y se habían refugiado, bajo su mando, en Canusium. El Senado, ante estas nuevas, actuó con prontitud enviando al experimentado pretor Marco Claudio Marcelo a Canusium para que asumiera el mando de las tropas allí refugiadas. Dice Livio que: «Leídas las cartas del cónsul y del pretor, los senadores acordaron enviar a Canusio, para ponerse al frente del ejército a Marco Claudio, que mandaba la flota estacionada frente a Ostia» (Liv. XXII, 57, 1). Al mismo tiempo, Marco Junio Pera fue nombrado dictador, con Tiberio Sempronio Longo como su Magister Equitum. Ambos comenzaron a trabajar inmediatamente en el reclutamiento de nuevas legiones. Es cierto que tuvieron que recurrir a jóvenes con apenas 17 años y a un número de esclavos cercano a los 8.000. De esa manera pudieron crear rápidamente con cuatro nuevas legiones un ejército al que armaron con gran parte de las armas y armaduras galas depositadas como trofeos en los templos.

Así pues, la cuestión no es si Aníbal hubiese podido o no capturar la ciudad mediante asedio, sino si los romanos lo hubieran resistido. Incluso con una guarnición reducida era bastante probable que los romanos lograran resistir cierto tiempo, al menos el necesario para que llegaran más tropas en auxilio de la ciudad. Si eso ocurría, Aníbal habría fracasado en su intento y habría perdido, con ello, la mayor parte del prestigio ganado ante el resto de las ciudades de Italia tras la batalla de Cannae. Al parecer Aníbal no creía que fuera necesario asumir tales riesgos. Al fin y al cabo, Roma había sufrido una derrota evidente, y comenzaba a ser abandonada por sus aliados. Era por tanto lógico que accediera a firmar la paz, y con esa intención envió Aníbal un emisario, de nombre Carthalo, al mando de una delegación que incluía 10 prisioneros romanos. El bárcida suponía que, según lo acostumbrado en el mundo helenístico, Roma accedería a entablar las negociaciones de paz… pero se equivocaba. Pese a unas circunstancias totalmente desfavorables, habiendo sufrido varias derrotas serias consecutivas, con el enemigo campando a sus anchas por el solar itálico y con unas bajas que rondaban los 100.000 hombres, el senado romano, fuera de toda previsión, mantuvo una postura inflexible; Roma sólo concebía una guerra de aniquilación y estaba dispuesta a negociar únicamente como vencedora, demandando por tanto la admisión de la derrota absoluta por parte de sus enemigos, una postura de la que ya el rey epirota Pirro tuvo dolorosa constancia.

Los líderes romanos ni siquiera se dignaron a recibir al legado de Aníbal, muy al contrario, dieron a Carthalo un plazo para abandonar el territorio romano que expiraba al anochecer. La respuesta a los rescates de los prisioneros no difería demasiado: el Senado no sólo rechazaba pagar el rescate, sino que además prohibió a las familias reunir el dinero de forma particular. Cualquier otro estado del mundo clásico hubiera buscado la paz después de una derrota como la de Cannae, pero los romanos no obedecían a las convenciones helenísticas de la guerra, y es precisamente en este aspecto donde debemos insistir en la importancia del número de tropas. Si los romanos pudieron adoptar esta postura fue porque la gran cantidad de recursos humanos de la República hacía posible reponerse de las aplastantes bajas sufridas, algo que ningún otro estado hubiera podido hacer. Aníbal chocaba de frente con una situación bien distinta de la que el había imaginado cuando planificaba la campaña en Hispania. Consciente como era de la imposibilidad de aniquilar a un enemigo tan potente demográficamente, su objetivo fue desde un principio conseguir una rendición que dejara a Cartago en un plano de superioridad respecto a Roma a la hora de pactar las condiciones, es decir, una situación análoga a aquella que se diera en el año 241 a. C. Desgraciadamente para él, en la mentalidad romana no existía tal posibilidad.

9 comentarios »

  1. Totalmente de acuerdo con esta hipótesis del no ataque a Roma, lo que ocurre es que los romanos inventaron el grito de Hannibal ad portas!!!!! por el gran miedo que tenían al bárquida.

    Comentario por retogenes74 — junio 24, 2009 @ 11:03 am

  2. enhorabuena por el artículo.

    Comentario por retogenes74 — junio 24, 2009 @ 11:03 am

  3. Muchas Gracias!

    Comentario por viapraetoria — junio 24, 2009 @ 5:02 pm

  4. Excelente todo. Aunque en mi búsqueda de ajustarme a la realidad me está llevando muy lejos. Aclaro mis palabras. Intento hacer un poco de justicia con un Caballero romano que estuvo con los hermanos Escipiones en su llegada a Hispania, este Decurión fue recogiendo y agrupando los restos de las legiones derrotadas. Las llevó hasta la frontera del ebro y allí rechazó todos los ataques cartagineses. Tito Fonteyo a pesar de ser su superior carecía de toda iniciativa y por eso este Decurión obtuvo por méritos propios el mando del ejército, bueno, de lo que quedaba. El senado no reconoce su victoria y envía a Claudio Nerón, más de lo mismo, hasta que llega el africano, pero este aunque trata con alguna deferencia a este decurión e incluso le pone de vez en cuando al frente de parte de su ejército. Se da cuenta de que puede hacerle sombra. El caso es que el Africano recupero la V y VI legión, ambas son despojos de legiones derrotadas, pero la duda estriba en las legiones derrotas en hispania al mando de su padre y tío. Apunto a las legiones IV y VIIII (NO LA VIIII HISPANA,esta es posterior), he encontrado rastro de la IV en un motín, pero de la VIIII (Escrita así) apenas una leve mención en una piedra. Parece que en aquella época no había costumbre de numerar las legiones, aunque dudo que sea cierto.
    Gracias por todo y saludos.

    Comentario por Alfonso — octubre 7, 2009 @ 11:38 am

  5. Estimado Alfonso:

    Hablas, sin duda, de Lucio Marcio… Aunque no se sabe a ciencia cierta cuál era su graduación real. Curioso que se le diera el mando de las tropas acantonadas en el Ebro por encima de al teóricamente superior Fonteyo. No es difícil seguirle el rastro a Lucio Marcio, porque Escipión pareció haberle tomado cierta estima, a juzgar por la responsabilidad que luego le otorga.

    Es curioso, porque estoy trabajando precisamente en un artículo sobre Marcio.

    En cuanto a la numeración, insisto; la numeración en época tan temprana se hacía simplemente a efectos de reparto de tropas entre cónsules. Lo demás vendría mucho más tarde. Y piensa que en este momento usar VIIII en lugar de IX era lo habitual. Pero claro, lo normal era encontrar sólo cuatro legiones por campaña… hasta que llegó Aníbal y se les fue todo de las manos. Pero, ¿realmente esperas encontrar una legión romana acantonada nada menos que en Narbona en época tan temprana?

    Suerte con Lucio Marcio. Por cierto, es curioso cómo en la Segunda Guerra Púnica empezamos a ver lo que podrían ser mandos cum imperium delegado… y al margen del Senado encima.

    Un saludo.

    Comentario por viapraetoria — octubre 7, 2009 @ 6:25 pm

  6. Persiguiendo al viento, he encontrado algo que me ha sorprendido y sobre todo agradado, me explicaré.
    He visto que muchos hablan de la guarnición romana en Galtier, encontré algo en Nages, pero no me convencía nada ya no corresponden al siglo III Ac. Galtier no existe, entonces una noche sin ganas de dormir, pedí ayuda al cielo y me respondieron dos, primero seguí la ruta de arqueólogos en los Alpes y después fue el satélite. Toponimia prehistórica de los Alpes, Juan Luís Román del Cerro. Su ruta me llevó hasta los campamentos romanos que buscaba. Resumiré ya que es algo extenso. El primer campamento romano fue en la localidad actual de SERVOZ, si observas el terreno, es el lugar perfecto, a los pies del Mont Blanc. Pero sigues el rio Arve y llegas a la garganta de Rom, creo que el prefectus castrorum, que llevó a aquella legión hasta aquel lugar tan remoto observó que desde la entrada de la garganta, podía controlar la ruta de los mercaderes y montó dos castrum clausus, justo en la entrada. Los campamentos fueron construidos aprovechando la piedra del lugar y aún hay restos de ellos, madera poca, quizás el prefectus con buen criterio debió de pensar en el peso de la nieve y el frío. La garganta la llamó de Roma y más tarde, algún francés llegó a la conclusión de que aquella garganta no era propiedad de Roma y le suprimió la a, pero esto es un pensamiento mío en voz alta.
    Pero volviendo para atrás, unos cien kilómetros antes, en el valle que va en dirección oeste, se abre un valle a la izquierda en dirección sur, si desciendes por ese valle llegas a la población de Didier Gautier, de nuevo pienso que me acerco a la realidad. Allí monta castra aestiva, es un lugar muy vulnerable y solo sirve para dar la alarma.
    El caso es que en el siglo III Ac., la legión no llegaba a los dos mil hombres, además tampoco hago mención a legión porqué podéis llevar razón, por tanto el ejército que atraviesa los Apeninos por la vía cassia, en Castrum Viterbo (Otro de los más antiguos), recogen al joven caballero lucio marció, llegan hasta Arritum, después continúan hasta Genu (Asentamiento Ligur) Génova, bordean la costa y giran al norte por el rio, atraviesan las llanuras repletas de tribus hostiles y se adentran en los Alpes, pero se equivocan en un punto. Las órdenes de roma es buscar el camino más difícil para llegar a Roma, pues la llegada de Anibal no era ninguna sorpresa para nadie.
    En mi novela le doy importancia a los speculatores, vitales para la guerra, el joven marció se une a la turma que lleva esta “Legión”. Pero el joven ignorante no se da cuenta de que no pertenecen al ejército, son de Roma, solo responden ante Roma, en realidad asquerosos espías, como dijo un día sin darse cuenta.
    Termino, el caso es que aquella noche descubrí la belleza de la via cassia y el castrum, lugar adecuado para las prácticas de nuestro joven caballero.
    Nada más, por cierto. Todas las fuentes las cito al final, aunque hay quien no quiere.

    Comentario por Alfonso — noviembre 25, 2009 @ 4:49 pm

  7. Estimado Alfonso:

    Tu completa respuesta, merece, sin duda, algún comentario por mi parte. Intentaré dar satisfacción. Muchas gracias por tu aportación.

    Un saludo.

    Comentario por viapraetoria — noviembre 29, 2009 @ 10:14 pm

  8. MUY BIEN TODOS LOS COMENTARIOS APORTADOS,PERO,TAL VEZ,NO INTERESE DECIR QUE DURANTE EL TIEMPO QUE ANIBAL PERMANECIO,SEGUN SE DICE,INACTIVO O DUBITATIVO ,ALGUNA PODEROSA MUJER CON LA QUE ESTARÍA EL CARTAGINES EN CONCUBINATO FUE LA PIEZA CLAVE EN NO SAQUEAR ROMA AL IR ESTA RETRASANDO SUS PLANES Y SER UNA ESPÍA DE ROMA.
    PUEDE PARECER UNA CHIQUILLADA.LOS HISTORIADORES SOBRE ESTAS COSAS SABEN MUCHO Y NO SERIA EL PRIMER CASO QUE SE DIESE EN LA HISTORIA.

    Comentario por Jose Barrigon Asencio — septiembre 27, 2013 @ 4:31 pm


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